EL CABALLERO DE LA «MAISON ROUGE

EL CABALLERO DE LA «MAISON
ROUGE»
ALEXANDRE DUMAS
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I
LOS VOLUNTARIOS
EL DESCONOCIDO
Era la noche del 10 de marzo de 1793.
En Notre Dame acababan de sonar las diez, y
cada hora, descolgándose como un pájaro nocturno
lanzado desde un nido de bronce, había volado triste,
monótona y vibrante.
Sobre París había descendido una noche fría y
brumosa.
El mismo París no era en absoluto el que
conocemos, deslumbrante en la noche por mil luces
que se reflejan en su fango dorado; era una ciudad
avergonzada, tímida y atareada, cuyos escasos
habitantes corrían para atravesar de una calle a otra.
Era, en fin, el París del 10 de marzo de 1793.
Tras algunas palabras sobre la extrema situación
que había ocasionado este cambio en el aspecto de la
capital, pasaremos a los acontecimientos cuyo relato
es el objeto de esta historia.
A causa de la muerte de Luis XVI, Francia
había roto con toda Europa. A los tres enemigos con
los que había combatido al principio, Prusia, el
Imperio y d Piamonte, se habían unido Inglaterra,
Holanda y España. Sólo Suecia y Dinamarca, atentas
al desmembramiento de Polonia realizado por
Catalina II, conservaban su neutralidad.
La situación era alarmante. Francia, temida
como potencia física, pero poco estimada como
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potencia moral tras las masacres de septiembre del
21 de enero, estaba literalmente bloqueada por toda
Europa, como una simple ciudad. Inglaterra se
hallaba en las costas, España en los Pirineos, el
Piamonte y Austria en los Alpes, Holanda y Prusia
en el norte de los Países Bajos, y en un solo punto,
entre el Rin y el Escalda, doscientos cincuenta mil
soldados avanzaban contra la República.
Los generales franceses eran rechazados en
todas partes, y Valence y Dampierre se habían
dejado arrebatar parte de su material durante la
retirada. Más de diez mil desertores habían
abandonado el ejército, dispersándose por el país. La
única esperanza de la Convención era Dumouriez, al
que había enviado un correo tras otro ordenándole
abandonar las orillas del Biesboch, donde preparaba
un desembarco en Holanda, y regresar para tomar el
mando del ejército del Mosa.
En el corazón de Francia, es decir, en París,
repercutía cada golpe que la invasión, la revuelta o
la traición le asestaba en los puntos más distantes.
Cada victoria era una conmoción de alegría, cada
derrota una sacudida de terror.
La víspera, 9 de marzo, había tenido lugar en la
Convención una de las sesiones más borrascosas:
todos los oficiales habían recibido la orden de
incorporarse a sus regimientos a la misma hora; y
Danton, subiendo a la tribuna, había exclamado:
«¿Decís que faltan soldados? Ofrezcamos a París
una ocasión de salvar a Francia, pidámosle treinta
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mil hombres, enviémoslos a Dumouriez, y no sólo
Francia estará salvada, sino Bélgica asegurada y
Holanda conquistada. »
La proposición había sido acogida con gritos de
entusiasmo. En todas las secciones se habían
establecido oficinas de alistamiento. Los
espectáculos se habían cerrado para impedir
cualquier distracción y la bandera negra había sido
izada en la alcaldía en señal de alarma.
Antes de medianoche se habían inscrito treinta y
cinco mil hombres; pero al inscribirse, igual que en
las jornadas de septiembre, los voluntarios habían
pedido que, antes de su partida, se castigara a los
traidores.
Los traidores eran los contrarrevolucionarios,
los conspiradores que amenazaban desde dentro a la
Revolución amenazada desde fuera. Pero la palabra
tomaba toda la amplitud que querían darle los
partidos extremistas. Los traidores eran los más
débiles. Y los montañeses 1 decidieron que los
traidores serían los girondinos.
Al día siguiente —10 de marzo— todos los
diputados montañeses asistían a la sesión. El alcalde
se presenta con el acuerdo del ayuntamiento
confirmando las medidas de los comisarios de la
Convención y repite el deseo, manifestado
1 Miembros del partido de la Montaña, llamado así por ocupar los
escaños más elevados del Juego de Pelota. ( Nota del traductor.)
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unánimemente la víspera, de un tribunal
extraordinario encargado de juzgar a los traidores.
Enseguida se exige a gritos un acuerdo del
comité. Este se reúne y, diez minutos después,
Robert Lindet anuncia que se nombrará un tribunal
compuesto por nueve jueces y dividido en dos
secciones, encargado de perseguir a quienes traten
de confundir al pueblo. Los girondinos comprenden
que esto significa su arresto. Se levantan en masa.
—¡Antes morir que consentir el establecimiento
de esta inquisición veneciana! —gritan.
En respuesta, los montañeses piden que se vote
a mano alzada.
Se vota y, contra todo pronóstico, la mayoría
declara: 1.º que habrá jurados; 2.º que el número de
estos jurados será igual al de departamentos; 3.º que
serán nombrados por la Convención.
En cuanto se admitieron estas tres
proposiciones, se escuchó un enorme griterío. La
Convención estaba habituada a las visitas del
populacho. Preguntó de qué se trataba y se le
contestó que una comisión de voluntarios deseaba
presentarse ante ella. Enseguida se abrieron las
puertas y seiscientos hombres medio borrachos,
armados de sables, pistoletes y picas, desfilaron
entre aplausos, pidiendo a gritos la muerte para los
traidores.
Collot d'Herbois les prometió salvar la libertad
pese a las intrigas; y acompañó sus palabras con una
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mirada a los girondinos que hizo comprender a éstos
que todavía estaban en peligro.
Terminada la sesión, los montañeses se
dirigieron a los otros clubs y propusieron poner
fuera de la ley a los traidores y degollarlos esa
noche.
Louvet vivía en la calle Saint-Honoré, cerca del
club de los Jacobinos; su mujer entró en el club,
atraída por las voces y escuchó la proposición. Subió
a toda prisa para prevenir a su marido que, tras
armarse, corrió de puerta en puerta para advertir a
sus amigos, a los que encontró reunidos en casa de
Pétion, deliberando sobre un decreto que querían
presentar al día siguiente. Les cuenta lo que ocurre,
incitándoles a tomar, por su parte, alguna medida
enérgica.
Pétion, calmoso e impasible como de
costumbre, se dirige a la ventana, mira al cielo y
extiende su brazo que retira chorreando.
—Llueve —dice—, esta noche no ocurrirá nada.
Por esta ventana entreabierta penetraron las
últimas vibraciones del reloj que tocaba las diez.
He ahí lo que ocurría en París durante esta
noche del diez de marzo, haciendo que, en este
silencio amenazante, las casas permanecieran mudas
y sombrías, como sepulcros poblados sólo por
muertos.
Los únicos habitantes de la ciudad que se
aventuraban por las calles eran las patrullas de
guardias nacionales, las cuadrillas de ciudadanos de
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las secciones, armadas al azar y los policías, como si
el instinto advirtiera que se tramaba algo
desconocido y terrible.
Esa noche, una mujer envuelta en un manto
color lila, la cabeza oculta por el capuchón del
manto, se deslizaba arrimada a las casas de la calle
Saint-Honoré, escondiéndose en algún portal cada
vez que aparecía una patrulla, permaneciendo
inmóvil como una estatua, reteniendo el aliento
hasta que pasaba la patrulla, para continuar su rápida
e inquieta carrera.
Había recorrido impunemente una parte de la
calle Saint-Honoré cuando, en la esquina de la calle
Grenelle, se tropezó con una cuadrilla de voluntarios
cuyo patriotismo se encontraba exacerbado a causa
de los numerosos brindis que habían hecho por sus
futuras victorias. La pobre mujer lanzó un grito y
trató de huir por la calle del Gallo.
—¡Eh! ¿Dónde vas? —gritó el jefe de los
voluntarios.
La fugitiva no respondió y continuó corriendo.
—¡Apunten! —dijo el jefe—. Es un hombre
disfrazado, un aristócrata que se escapa.
El ruido de dos o tres fusiles maltratados por
manos demasiado vacilantes para ser seguras,
anunció a la pobre mujer el movimiento fatal que se
ejecutaba.
—¡No, no! —gritó, deteniéndose y volviendo
sobre sus pasos—. No, ciudadano; te equivocas; no
soy un hombre.
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—Entonces, avanza y responde categóricamente
—dijo el jefe—. ¿Dónde vas, encantadora dama
nocturna?
—Pero, ciudadano, no voy a ninguna parte...
Vuelvo.
—¡Ah! ¿Vuelves?
—Sí.
—Es un poco tarde para volver una mujer
honrada, ciudadana.
—Vengo de casa de una parienta que está
enferma.
—Pobre gatita —dijo el jefe, haciendo un gesto
con la mano que hizo retroceder a la asustada
mujer—. ¿Dónde tenemos el salvoconducto?
—¿El salvoconducto? ¿Qué es eso, ciudadano?
¿Qué quieres decir? ¿,Qué es lo que me pides?.
—¿No has leído el decreto del ayuntamiento?
La mujer no sabía nada sobre la disposición del
ayuntamiento que prohibía circular después de las
diez de la noche a toda persona que careciera de
salvoconducto. El jefe de los voluntarios la sometió
a un breve interrogatorio y sus sospechas
aumentaron con las confusas respuestas de la mujer.
Entonces decidió conducirla al puesto más próximo,
el del Palacio-Igualdad.
Se encontraban cerca de la barrera de los
Sargentos cuando un joven alto, envuelto en una
capa, volvió repentinamente la esquina de la calle
Croix-des-Petits-Champs, justo en el momento en
que la prisionera suplicaba que la dejaran libre. El
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jefe de los voluntarios, sin escucharla, la arrastraba
por un brazo y la joven lanzó un grito mezcla de
miedo y dolor.
El joven vio el forcejeo, oyó el grito y, saltando
de un lado a otro de la calle, se plantó ante la
cuadrilla y preguntó al que parecía el jefe quién era
la mujer y qué querían de ella.
—¿Y tú, quién eres para interrogarnos? —dijo
el jefe.
El joven abrió su capa y brillaron unas
charreteras en un uniforme militar, identificándose
como oficial de la guardia cívica.
—¿Qué dice? —preguntó uno de la cuadrilla
con el acento arrastrado e irónico de la gente del
pueblo.
—Dice que si las charreteras no bastan para que
se respete a un oficial, el sable hará que se respeten
las charreteras —replicó el joven al tiempo que
retrocedía un paso y, desplegando los pliegues de su
capa, hacia brillar un largo y sólido sable de
infantería a la luz de un farol. Después, con un
movimiento rápido que revelaba cierta costumbre en
el manejo de las armas, apresando al jefe de los
voluntarios por el cuello de la casaca y apoyándole
en la garganta la punta del sable, dijo—: Ahora
charlaremos como dos buenos amigos. Y te
prevengo que al menor movimiento que hagáis tú o
tus hombres, atravieso tu cuerpo con mi sable.
Entretanto, dos hombres de la cuadrilla
continuaban reteniendo a la mujer.
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—Me has preguntado quién soy —continuó el
joven—, y no tienes derecho a hacerlo porque no
mandas una patrulla regular. No obstante, te lo voy a
decir: me llamo Maurice Lindey y he mandado una
batería de cañones el diez de agosto. Soy teniente de
la Guardia Nacional y secretario de la sección de
Hermanos y Amigos. ¿Té basta con eso?
—¡Ah! Ciudadano teniente —respondió el jefe,
amenazado por la hoja cuya punta presionaba cada
vez más en su garganta—. Si eres realmente lo que
dices, es decir, un buen patriota…
—Vaya; ya sabía que nos entenderíamos
enseguida —dijo el oficial—. Ahora respóndeme:
¿por qué gritaba esta mujer y qué le hacíais?
—La conducíamos al cuerpo de guardia porque
carece de salvoconducto, y el último decreto del
ayuntamiento ordena arrestar a cualquiera que
deambule sin salvoconducto.
La lucha no podía ser igualada. Incluso la mujer
comprendió esto, porque dejó caer la cabeza sobre el
pecho y lanzó un suspiro. En cuanto a Maurice, con
el ceño fruncido, el labio levantado desdeñosamente,
el sable desenvainado, permanecía indeciso entre sus
sentimientos de hombre que le ordenaban defender a
la mujer y sus deberes de ciudadano que le
aconsejaban entregarla. De pronto brilló en una
esquina el resplandor de varios cañones de fusil y se
escuchó la marcha de una patrulla que, al advertir al
grupo, hizo alto a diez pasos. El cabo gritó: «¿Quién
vive?»
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Maurice reconoció la voz de su amigo Lorin y le
pidió que se acercara. El cabo avanzó al frente de la
patrulla y, al reconocer a Maurice, le preguntó qué
hacía en la calle a esas horas.
—Ya lo ves, salgo de la sección de Hermanos y
Amigos.
—Sí, para ir a la de hermanas y amigas, ¿no es
así?
Maurice le dijo que se equivocaba y le explicó
la causa de hallarse allí. Después, Lorin escuchó las
explicaciones de los voluntarios sobre la resolución
del ayuntamiento y dijo:
—Bien hecho. Pero hay otra resolución que
anula ésa; hela aquí:
Por el Pindo y el Parnaso,
Ha decretado el Amor,
Que la Belleza, la Juventud y la Gracia
Podrán, a cualquier hora del día,
Circular sin billete.
—¡Eh! ¿Qué dices de este acuerdo, ciudadano?
Me parece que es galante.
—Sí. Pero no me parece decisivo. En primer
lugar, no figura en el Moniteur; más aún, no estamos
ni en el Pindo ni en el Parnaso; además, no es de día;
y por último, la ciudadana tal vez no es joven, ni
bella, ni graciosa.
—Yo opino todo lo contrario —dijo Lorin—.
Veamos, ciudadana, demuestra que tengo razón, baja
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tu toca y que todos puedan juzgar si reúnes las
condiciones del decreto.
Pero la mujer se estrechó contra Maurice,
suplicándole que la protegiera de su amigo como lo
había hecho con sus enemigos y, al escuchar las
sospechas del jefe de los voluntarios sobre su
condición de espía aristócrata, bribona o ramera, se
descubrió un momento el rostro para que Maurice
pudiera verlo. El joven quedó deslumbrado; jamás
había visto nada parecido, y pidió a Lorin, en voz
baja, que reclamara a la prisionera para conducirla a
su puesto. El joven cabo comprendió su intención y
ordenó a la mujer que le siguiera, pero el jefe de los
voluntarios se opuso, alegando que la prisionera le
pertenecía.
—Ciudadanos —dijo Lorin—, nos vamos a
enfadar.
—¡Enfadaos o no, voto a tal! Eso no nos
importa. Somos auténticos soldados de la República
que vamos a verter nuestra sangre en la frontera
mientras vosotros patrulláis por las calles.
—Tened cuidado de no derramarla en el
camino, ciudadanos, y eso podría ocurriros si no os
conducís con más educación.
—La educación es una virtud aristocrática y
nosotros somos descamisados —replicaron los
voluntarios.
Lorin les aconsejó que no hablaran así ante la
dama y dedicó a ésta unos versos en los que se
comparaba a Inglaterra con un nido de cisnes en
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medio de un inmenso estanque. Al oírle, el jefe de
los voluntarios le acusó de ser un agente de Pitt, de
estar pagado por Inglaterra. Lorin le impuso silencio
en tono amenazador y Maurice, en vista del cariz
que tomaban los acontecimientos preguntó a la
mujer si la causa abrazada por quienes la defendían
merecía la sangre que iba a correr. La desconocida le
respondió que prefería que la matara él, allí mismo,
y arrojara su cadáver al Sena, antes que sufrir las
desgracias que su arresto acarrearía a ella ya otras
personas.
Entonces Maurice ordenó a Lorin que atacara a
los voluntarios si proferían la menor palabra; éstos
intentaron defenderse, uno de ellos disparó su pistola
y la bala atravesó el sombrero de Maurice. Lorin
ordenó a sus hombres atacar a la bayoneta. En las
tinieblas hubo un momento de lucha y de confusión
durante el cual se escucharon una o dos
detonaciones, imprecaciones, gritos, blasfemias;
pero no acudió nadie, porque se había extendido el
rumor de que iba a haber una masacre y se pensaba
que ésta ya había empezado. Los voluntarios, menos
numerosos y peor armados, quedaron fuera de
combate en un instante. Dos estaban heridos
gravemente, otros cuatro estaban arrimados a la
pared, cada uno de ellos con una bayoneta en el
pecho.
—Bien —dijo Lorin—. Espero que ahora seáis
mansos como corderos. En cuanto a ti, ciudadano
Maurice, te encargo de conducir a esta mujer al
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puesto de la alcaldía. ¿Te das cuenta que respondes
de ella?
Maurice asintió y pidió a su amigo la
contraseña; éste le dijo que esperase mientras se
desembarazaba de los voluntarios, los cuales le
acusaron de girondino. Entonces, Lorin se identificó
ante ellos como miembro del club de los Termópilas
y les aseguró que la mujer sería conducida al puesto.
Unos y otros terminaron abrazándose y decidieron ir
a beber unos tragos juntos; prometieron a los heridos
enviarles unas camillas y, mientras los guardias
nacionales y los voluntarios se dirigían al Palacio-
Igualdad, Lorin se aproximó a su amigo, que
permanecía junto a la desconocida en la esquina de
la calle del Gallo.
—Maurice —dijo—, te he prometido un consejo
y aquí lo tienes: ven con nosotros en lugar de
comprometerte protegiendo a la ciudadana que,
aunque parece seductora, no deja de ser sospechosa.
La mujer le rogó que no la juzgara por las
apariencias y que dejara a Maurice concluir su buena
acción acompañándola hasta su casa.
—Maurice —dijo Lorin—, piensa lo que vas a
hacer; te comprometes peligrosamente.
—Lo sé muy bien —respondió el joven—; pero,
¿qué quieres? Si la abandono, las patrullas la
arrestarán a cada paso.
—¡Oh! Sí, sí, mientras que con usted estoy
salvada.
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—¿Lo oyes? ¡Salvada! —dijo Lorin—. Luego,
¿corre un gran peligro?
—Veamos, querido Lorin —dijo Maurice—;
seamos justos. O es una buena patriota o es una
aristócrata. Si es una aristócrata hemos hecho mal
protegiéndola; si es una buena patriota, debemos
custodiarla.
—Perdona, querido amigo; yo no me llevo bien
con Aristóteles, pero tu lógica es estúpida. Es como
quien dice:
Iris me ha robado la razón
y me pide la sabiduría.
—Veamos, Lorin —dijo Maurice—, deja en paz
a Dorat, a Parny, a Gentil-Bernard, te lo suplico.
Hablemos seriamente, ¿quieres o no darme la
contraseña?
Lorin dudaba entre el deber y la amistad. Antes
de comunicar a Maurice la contraseña, «Galia y
Lutecia», le hizo jurar por la patria, representada por
la escarapela que llevaba en su propio sombrero, que
no haría mal uso de su conocimiento.
—Ciudadana —dijo Maurice—, ahora estoy a
sus órdenes. Gracias, Lorin.
—Buena suerte —dijo éste, volviéndose a poner
el sombrero.
Y, fiel a sus gustos anacreónticos, se alejó
murmurando:
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Por fin, querida Leonor,
Has conocido este pecado tan seductor
Al que temías aunque deseabas.
Y al disfrutarlo, aún lo temías.
Ahora, dime, ¿qué tiene de espantoso?
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II
LA CALLE DES FOSSES-SAINT-VICTOR
COSTUMBRES DEL TIEMPO
QUIEN ERA EL CIUDADANO MAURICE
LINDEY
Maurice, al encontrarse solo con la joven,
permaneció turbado un instante; el temor a ser
engañado, el atractivo de aquella maravillosa
belleza, un vago remordimiento que arañaba su
limpia conciencia de republicano exaltado, le
detuvieron un momento cuando se disponía a dar su
brazo a la joven.
—¿Adónde va usted, ciudadana? —dijo.
—Muy lejos, señor: junto al Jardín des Plantes.
Maurice preguntó a la joven qué hacía a esas
horas por las calles de París; ella le explicó que
había estado desde el mediodía en una casa de
Roule, ignorante de lo que sucedía en la ciudad.
Maurice le dijo que quizás ella era una aristócrata
que se reía de él, republicano traidor a su causa, por
servirle de guía. Pero ella protestó vivamente y le
aseguró amar a la República tanto como él.
—En ese caso, ciudadana, no tiene nada que
ocultar, ¿de dónde venís?
—¡Oh, señor, por favor! —dijo la desconocida.
Había tal expresión de pudor en este señor y tan
dulce, que Maurice creyó estar seguro del
sentimiento que encerraba: ella volvía de una cita
amorosa. Y sin saber por qué, notó cómo este
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pensamiento le atenazaba el corazón. Desde ese
momento guardó silencio.
Entretanto, los dos paseantes habían llegado a la
calle Verrerie, tras haberse cruzado con tres o cuatro
patrullas que, gracias a la contraseña, les habían
dejado circular libremente. Pero el oficial de una
nueva patrulla pareció poner algunas dificultades y
Maurice tuvo que añadir a la contraseña su nombre y
domicilio. El oficial preguntó quién era la mujer y
Maurice dijo:
—Es... la hermana de mi mujer.
El oficial les dejó pasar y la desconocida
preguntó a Maurice si estaba casado. Él dijo que no.
—En ese caso, hubiera sido más rápido decir
que yo era su esposa.
—Señora, la palabra esposa es un título sagrado
que no se puede dar ligeramente, y yo no tengo el
honor de conocerla a usted.
Esta vez fue la joven quien sintió oprimírsele el
corazón. Atravesaban el puente Marie. La
desconocida avanzaba más deprisa a medida que se
acercaba al final del trayecto. Atravesaron el puente
de la Tournelle y Maurice anunció a la joven que ya
se encontraban en su barrio.
—Sí, pero ahora es cuando tengo mayor
necesidad de su ayuda.
Maurice le reprochó el hecho de excitar su
curiosidad sin decirle quién era. La desconocida le
aseguró que le estaría reconocida por haberla
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salvado del peligro mayor que había corrido nunca,
pero que le era imposible revelarle su nombre.
—Sin embargo, se lo hubiera dicho al primer
agente que la hubiera conducido al puesto.
—No, jamás —exclamó la desconocida.
Maurice le advirtió que, en ese caso, la habrían
conducido a prisión lo que, en ese momento
significaba el cadalso. Pero ella aseguró que prefería
el cadalso a la traición, porque decir su nombre era
equivalente a traicionar.
—¡Con razón le decía que me hacía representar
un papel muy desairado como republicano!
—Representa el papel de un hombre generoso.
Encuentra a una pobre mujer a la que se insulta y no
la desprecia aunque sea del pueblo, y como pude ser
insultada de nuevo, para salvarla de la ruina, la
acompaña hasta su miserable barrio; eso es todo.
—Eso es razonable en cuanto a las apariencias y
yo lo hubiera podido creer si no la hubiera visto, si
no me hubiera hablado; pero su belleza y su lenguaje
son de una mujer distinguida; ahora bien, es
precisamente esta distinción, en contradicción con su
ropa y su miserable barrio, lo que me prueba que su
salida a esta hora oculta algún misterio. Se calla... no
hablemos de ello. ¿Estamos aún lejos de su casa,
señora?
En ese momento llegaban a la calle des Fossés-
Saint-Victor.
—¿Ve ese pequeño edificio negro? —dijo la
desconocida, señalando con la mano a una casa
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situada al otro lado del Jardín des Plantes—. Cuando
estemos allí, usted se separará de mí.
Maurice le dijo que él estaba allí para
obedecerla y ella le preguntó si estaba enojado. El
joven contestó que no y añadió que, por otra parte,
eso carecía de importancia para ella.
—Me importa mucho, porque todavía tengo que
pedirle un favor.
—¿Cuál?
—Un adiós afectuoso y franco... un adiós de
amigo.
—¡Un adiós de amigo! Usted me hace un gran
honor, señora. Un amigo tan singular que ignora el
nombre de su amiga, la cual le oculta su domicilio
por temor, sin duda, a tener la desgracia de volverlo
a ver.
La joven bajó la cabeza y no respondió.
—Por último, señora, si he sorprendido algún
secreto, no me odie, lo habré hecho sin querer.
La desconocida anunció que ya habían llegado a
su destino. Estaban frente a la vieja calle Saint-
Jacques y a Maurice le parecía imposible que viviera
allí. Se despidieron y Maurice hizo un frío saludo,
retrocediendo dos pasos. Ella le pidió su mano y el
joven se aproximó tendiéndosela. Entonces notó que
la mujer le deslizaba un anillo en el dedo. Ante las
protestas del joven ella le aseguró que sólo pretendía
recompensar el secreto que se veía obligada a
guardar con él. Pero Maurice, exaltado, le dijo que la
única compensación que necesitaba era volverla a
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ver, aunque sólo fuera una vez, una hora, un minuto,
un segundo.
—Jamás —respondió la desconocida como un
doloroso eco.
Una vez más, Maurice le reprochó que se
burlara de él. La mujer suspiró y le pidió que jurara
mantener los ojos cerrados durante un minuto, en ese
caso ella le daría una prueba de reconocimiento. Así
lo hizo Maurice, pero antes pidió:
—Déjeme verla una vez más, una sola vez, se lo
suplico.
La joven se quitó la capucha con una sonrisa no
exenta de coquetería; a la luz de la luna él pudo ver
sus largos cabellos descolgándose en bucles de
ébano, el perfecto arco de sus cejas, que parecían
dibujadas con tinta china, dos ojos rasgados, como
almendras, aterciopelados y lánguidos, una nariz de
la forma más exquisita, unos labios frescos y
brillantes como el coral.
—¡Oh! Es usted muy hermosa, ¡muy hermosa!
—exclamó Maurice.
La joven le pidió que cerrara los ojos. Maurice
obedeció y notó un calor perfumado que parecía
aproximarse a su rostro. Una boca rozó la suya,
dejando entre sus labios el anillo que había
rechazado.
Fue una sensación rápida como de pensamiento
y ardiente como una llama. Maurice hizo un
movimiento, extendiendo los brazos ante sí.
—¡Su juramento! —gritó una voz lejana.
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Maurice apoyó sus manos crispadas sobre sus
ojos y no contó ni pensó: permaneció mudo,
inmóvil, vacilante. Poco después escuchó el ruido de
una puerta que se cerraba, abrió los ojos y miró a su
alrededor como quien despierta de un sueño; y por
tanto hubiera tenido de no mantener entre sus labios
apretados el anillo que hacía una incontestable
realidad esta increíble aventura.
Cuando volvió en sí y miró a su alrededor, sólo
vio callejuelas sombrías que se abrían a derecha e
izquierda. Trató de recobrarse, pero su espíritu
estaba turbado, la noche era sombría; la luna, que
había salido un instante para iluminar el atractivo
rostro de la desconocida, se había vuelto a ocultar
entre las nubes. El joven, tras un momento de cruel
incertidumbre, tomó el camino de su casa. Al llegar
a la calle Sainte-Avoie le sorprendió la gran cantidad
de patrullas que circulaban por el barrio del Temple.
Preguntó a un sargento qué sucedía y éste le
explicó que una patrulla, disfrazada con el uniforme
de los cazadores de la guardia nacional y conociendo
la contraseña, cosa que nadie podía explicarse, se
había introducido en el Temple con intención de
liberar a la Capeto y toda su nidada. Felizmente, el
que hacía de cabo había llamado señor al oficial de
guardia, descubriéndose a sí mismo como
aristócrata. No había sido posible arrestarlos: la
patrulla había escapado hasta la calle, dispersándose.
El jefe, un tipo delgado, había huido por una puerta
trasera que daba a las Madelonnettes.
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En cualquier otra circunstancia, Maurice
hubiera permanecido toda la noche junto a los
patriotas que velaban por la salud de la República;
pero, desde hacía una hora, el amor a la patria no era
lo único que ocupaba su pensamiento. Continuó su
camino, despreocupado de la noticia que acababa de
conocer. Por otra parte, estas pretendidas tentativas
de liberación se habían hecho tan frecuentes y los
patriotas sabían que, en algunas circunstancias se
utilizaban como medio político, que la noticia no le
había inspirado gran inquietud.
Al llegar a su casa se acostó, durmiéndose
rápidamente pese a la preocupación de su espíritu.
Al día siguiente encontró una carta en su mesilla de
noche; estaba escrita con una letra fina, elegante y
desconocida; miró el sello, cuya divisa era una sola
palabra inglesa: Nothing (Nada). Abrió la carta y
leyó:
¡Gracias! ¡Agradecimiento eterno a cambio de
eterno olvido!
Maurice llamó a su criado; éste se llamaba Juan,
pero en 1792 había cambiado su nombre por el de
Scevola.
—Scevola, ¿sabes quién ha traído esta carta?
—No; a mí me la ha entregado el portero.
—Dile que suba.
El portero se llamaba Arístides y subió porque
le llamaba Maurice, muy apreciado por todos los
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criados con los que tenía relación, pero declaró que,
si se hubiera tratado de otro inquilino, le hubiera
dicho que bajara.
A las preguntas de Maurice, el portero contestó
que la carta la había llevado un hombre a las ocho de
la mañana. El joven pidió a Arístides que aceptara
diez francos y le rogó que siguiera disimuladamente
al hombre si volvía a presentarse.
Para satisfacción de Arístides, un poco
humillado por la proposición de seguir a un
semejante, el hombre no apareció.
Maurice se quedó solo; arrugó la carta y se quitó
el anillo del dedo, dejándolo todo sobre la mesilla de
noche. Trató de volver a dormir, pero al cabo de una
hora volvió de su acuerdo, besó el anillo y releyó la
carta. En ese momento se abrió la puerta; Maurice se
puso el anillo y ocultó la carta bajo la almohada.
Entró un hombre joven vestido de patriota, pero
de patriota superelegante. Su casaca era de paño
fino, el calzón de casimir y las medias de seda fina.
En cuanto a su gorro frigio, hubiera hecho palidecer,
por su forma elegante y su bello color púrpura, al del
mismo París.
Además, llevaba a la cintura un par de pistolas
de la exreal fábrica de Versalles, y un sable recto y
corto, parecido al de los alumnos del Campo de
Marte.
—¡Ah! —dijo el recién llegado—. Tú duermes,
bruto, mientras la patria está en peligro. ¡Qué asco!
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25 / Alexandre Dumas
—No duermo, Lorin —dijo Maurice riendo—;
sueño.
—¿Con Eucharis?
—¿Quién es esa Eucharis?
—La mujer de la calle Saint-Honoré, la mujer
de la patrulla, la desconocida por quien hemos
arriesgado nuestras cabezas anoche.
Lorin le hizo varias preguntas sobre la mujer,
pero Maurice le respondió que se le había escapado
en el puente Marie.
—Hablemos de política —dijo Lorin—. He
venido para eso; ¿sabes la noticia?
—Sé que la viuda Capeto ha querido evadirse.
—¡Bah! Eso no es nada. El famoso caballero de
Maison-Rouge está en París.
—¿De verdad? ¿Cuándo ha entrado?
—Anoche. Disfrazado de cazador de la guardia
nacional. Una mujer que se supone es aristócrata,
disfrazada de mujer del pueblo le ha llevado las
ropas a la puerta de la ciudad; un instante después
han entrado del brazo. Sólo después que habían
pasado, el centinela ha entrado en sospechas: había
visto salir a la mujer con un paquete y la vio entrar
del brazo de un militar; esto era sospechoso. Ha
dado la alarma y se ha corrido tras ellos, pero han
desaparecido en un edificio de la calle Saint-Honoré
cuya puerta se abrió como por arte de magia. El
edificio tenía otra puerta en los Champs-Elysées; el
caballero de Maison-Rouge y su cómplice se han
desvanecido. Se demolerá el edificio y se
Page No 26
26 / Alexandre Dumas
guillotinará al propietario, pero esto no impedirá al
caballero volver a intentar lo que le ha fallado en dos
ocasiones, hace cuatro meses por primera vez y ayer
por segunda.
—Entonces, ¿crees en el amor del caballero por
la reina?
—No —contestó Lorin—. En eso digo como
todo el mundo. Por otra parte, ella ha enamorado a
tantos que no tendría nada de asombroso que
también le hubiera seducido a él.
—Entonces, dices que el caballero de Maison-
Rouge...
—Digo que en este momento está acorralado y
que si escapa a los sabuesos de la República será un
zorro muy fino.
—¿Y qué hace el ayuntamiento entretanto?
—Va a proclamar un decreto para que cada
casa, como un fichero público, exhiba en la fachada
los nombres de sus inquilinos.
—¡Excelente idea! —exclamó Maurice,
pensando que éste sería un buen medio de encontrar
a la desconocida.
—¿No es cierto? Yo ya he apostado a que esta
medida nos proporcionará un mínimo de quinientos
aristócratas. A propósito, esta mañana hemos
recibido en el club una delegación de voluntarios
encabezados por nuestros adversarios de anoche.
Lorin explicó a su amigo que los voluntarios
portaban guirnaldas de flores y coronas de laurel y
deseaban confraternizar con los miembros del club
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27 / Alexandre Dumas
de las Termópilas. Se improvisó un altar de la patria
y los voluntarios pretendían coronar a Maurice,
héroe de la fiesta, pero como no estaba, se le invocó
por tres veces y se coronó el busto de Washington.
Cuando Lorin terminó su relato, se escucharon
en la calle rumores y tambores lejanos al principio,
luego, más próximos cada vez.
—¿Qué es eso? —preguntó Maurice.
—Es la proclamación del decreto del
ayuntamiento —dijo Lorin.
—Me voy a la sección —dijo Maurice, saltando
de la cama y llamando a su criado para que le
ayudara a vestirse.
—Y yo me voy a acostar —dijo Lorin—; esta
noche sólo he podido dormir dos horas gracias a tus
furiosos voluntarios. No me despiertes si no se
combate violentamente.
—Entonces, ¿para qué te has puesto tan
elegante?
—Porque, para venir a tu casa, debo pasar por la
calle Béthisy, y allí, en el tercero, hay una ventana
que se abre siempre que paso.
—¿Y no temes que se te tome por un petimetre?
—Todo lo contrario, se me conoce como un
descamisado sincero. Sin embargo, es necesario
hacer algún sacrificio por el sexo débil.
Los dos amigos se estrecharon la mano
cordialmente. Lorin salió de la casa y Maurice se
apresuró a vestirse para acudir a la sección de la
calle Lepelletier.
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28 / Alexandre Dumas
Maurice pertenecía a una familia medio
aristocrática. Sus antepasados se habían distinguido,
desde hacía doscientos años, por la eterna oposición
parlamentaria que ha ennoblecido los nombres de
Molé y Maupeou. Su padre se había pasado toda su
vida clamando contra el despotismo; cuando, el 14
de julio de 1789, la Bastilla cayó en manos del
pueblo, murió de sorpresa y espanto al ver al
despotismo reemplazado por la libertad militante,
dejando a su único hijo independiente por su fortuna
y republicano de sentimientos.
La Revolución había encontrado a Maurice en la
plenitud de vigor y madurez viril que precisa el
atleta dispuesto a entrar en liza, con una educación
republicana, fortalecida por la asiduidad a los clubs
y la lectura de todos los panfletos de la época. En el
aspecto moral, Maurice observaba un profundo y
razonado desprecio por la jerarquía, ponderación
filosófica de los elementos que componen el cuerpo,
negación absoluta de toda nobleza que no fuera
personal, apreciación imparcial del pasado, ardor por
las ideas nuevas, simpatía por el pueblo, mezclada al
más aristocrático de los temperamentos.
En cuanto al físico, Maurice Lindey medía
cinco pies y ocho pulgadas, tenía veinticinco o
veintiséis años, musculoso como un Hércules, con
esa extraña belleza que caracteriza a los francos
como una raza particular, es decir, una frente pura,
ojos azules, cabello castaño y ondulado, mejillas
rosa y dientes de marfil.
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29 / Alexandre Dumas
Aunque no era rico, tenía independencia
económica; poseía un apellido respetado, y, sobre
todo, popular; conocido por su educación liberal y
sus principios, más liberales todavía, se había
situado a la cabeza de un partido formado por todos
los jóvenes burgueses patriotas.
Maurice había asistido a la toma de la Bastilla,
había estado en la expedición de Versalles, había
combatido como un león el diez de agosto, y en esta
memorable jornada había matado tanto patriotas
como suizos, pues le eran tan insufribles el asesino
con casaca como el enemigo de la República con
uniforme rojo.
Fue él quien, para exhortar a los defensores del
castillo a rendirse e impedir que corriera la sangre,
se había arrojado sobre la boca de un cañón con el
que iba a hacer fuego un artillero parisiense. Fue él
quien entró primero en el Louvre por una ventana,
pese a la descarga de los fusiles de cincuenta suizos
y otros tantos gentileshombres emboscados. Cuando
percibió las señales de capitulación, su terrible sable
ya había atravesado más de diez uniformes;
entonces, viendo a sus amigos masacrar a placer a
los prisioneros que suplicaban piedad, se lanzó
furiosamente sobre sus compañeros, lo que le valió
una reputación digna de los mejores días de Roma y
Grecia.
Declarada la guerra, Maurice se enroló y partió
hacia la frontera como teniente, junto con los mil
quinientos voluntarios que la ciudad enviaba contra
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30 / Alexandre Dumas
los invasores, y que cada día debían ser seguidos por
otros mil quinientos.
En Jemmapes, la primera batalla a la que asistía,
recibió un tiro, y la bala, tras atravesar los músculos
de acero de su hombro, se aplastó contra el hueso.
Se le envió a París para que se curara y durante un
mes se retorció en el lecho del dolor, devorado por la
fiebre; pero enero le encontró en pie y mandando, si
no de nombre, al menos de hecho, el club de las
Termópilas, es decir, cien jóvenes de la burguesía
parisiense, armados para oponerse a toda tentativa
en favor del tirano Capeto. Aún más: serio y
circunspecto, Maurice asistió a la ejecución del rey;
permaneció mudo cuando cayó la cabeza de este hijo
de san Luis, limitándose a levantar su sable mientras
sus amigos gritaban: «Viva la libertad», sin fijarse
que, excepcionalmente, esta vez su voz no se
mezclaba con las suyas.
Tal era el hombre que el once de marzo, hacia
las diez de la mañana, llegaba a la sección de la que
era secretario; allí se le esperaba con impaciencia y
emoción, ya que había que votar en la Convención
una resolución para reprimir los complots de los
girondinos.
En la sección sólo se hablaba del caballero de
Maison-Rouge y su intentona en el Temple. Maurice
se mantuvo silencioso, redactó la proclama, terminó
su tarea en tres horas y se dirigió a la calle Saint-
Honoré. París le pareció completamente distinto a la
noche anterior, y volvió a recorrer el camino que
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31 / Alexandre Dumas
hiciera con la desconocida. Atravesó los puentes y
llegó a la calle Víctor, como se la llamaba entonces.
«¡Pobre mujer! —murmuró Maurice—. No ha
reflexionado que la noche sólo dura doce horas y su
secreto probablemente no dure más. A la luz del sol
encontraré la puerta por donde se deslizó, y quién
sabe si no la apercibiré a ella misma en alguna
ventana. »
Penetró en la antigua calle Saint-Jacques y se
situó en el mismo lugar en que había estado la
víspera. Cerró los ojos un instante, creyendo que el
beso de la víspera le quemaría de nuevo los labios.
Pero sólo sintió el recuerdo, aunque éste también
quemaba.
Maurice abrió los ojos y vio las calles fangosas
y mal pavimentadas, guarnecidas de vallas, cortadas
por puentecillos mal colocados sobre un arroyo. Era
la miseria en todo su horror. Acá y allá un jardín
cercado por vallas y empalizadas de varas, alguno
por muros; pieles secándose y expandiendo ese olor
de curtiduría que subleva al corazón. Maurice buscó
durante dos horas y no encontró nada, aunque volvió
diez veces sobre sus pasos para orientarse. Todas sus
tentativas fueron inútiles, todas sus indagaciones
infructuosas. Las huellas de la joven parecía que
hubieran sido borradas por la niebla y la lluvia.
«Yo he soñado —se dijo Maurice—. Esta
cloaca no puede haber servido de refugio, ni por un
momento, a mi hermosa hada de esta noche.»
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32 / Alexandre Dumas
Había en este bravo republicano una poesía
mucho más real que en su amigo de los cuartetos
anacreónticos, pues se concentró en esta idea para no
empañar la aureola que iluminaba la cabeza de su
desconocida.
«¡Adiós! —dijo—, bella misteriosa. Me has
tratado como a un necio o a un niño. En efecto,
¿hubiera venido aquí conmigo, si viviera aquí? ¡No!,
se ha limitado a pasar por aquí como un cisne por un
pantano infecto, y su huella es tan invisible como la
del pájaro en el aire.»
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33 / Alexandre Dumas
III
EL TEMPLE
El mismo día, a la misma hora en que el
decepcionado Maurice volvía a cruzar el puente de
la Tournelle, varios municipales, acompañados por
Santerre comandante de la guardia nacional
parisiense, hacían una severa visita a la torre del
Temple, transformada prisión el 13 de agosto de
1792.
Esta visita se realizaba en particular al aposento
del tercer piso, compuesto por una antesala y tres
habitaciones. Una de éstas estaba ocupada por dos
mujeres, una muchachita y un niño de nueve años,
todos vestidos de luto.
La mayor de las mujeres podía tener treinta y
siete o treinta y ocho años. Estaba sentada y leía. La
segunda trabajaba en una obra de tapicería y tenía
veintiocho o veintinueve años. La jovencita tenía
catorce y se mantenía junto al niño que, enfermo y
acostado, cerraba los ojos como si durmiera, aunque
era evidente que se lo impedía el ruido que hacían
los municipales.
Unos revolvían las camas, otros desplegaban las
piezas de lencería, otros, que ya habían terminado
sus pesquisas, miraban con una fijeza insolente a las
desgraciadas prisioneras que, obstinadamente,
mantenían los ojos bajos,
Uno de los municipales se aproximó a la que
leía, le arrebató brutalmente el libro y lo arrojó en
Page No 34
34 / Alexandre Dumas
medio de la habitación. La prisionera cogió otro
volumen de la mesa y continuó la lectura.
El montañés hizo un gesto furioso para
arrancarle el segundo volumen como había hecho
con el primero, pero la muchachita se abalanzó,
rodeó con sus brazos la cabeza de la lectora y
murmuró llorando:
—¡Ah, pobre madre mía!
Entonces la prisionera acercó la boca a la oreja
de la jovencita, como para besarla y dijo:
—Marie, hay una nota escondida en la boca de
la estufa; sácala.
El municipal las separó y la jovencita le
preguntó si la Convención había prohibido a los
hijos abrazar a las madres.
—No; pero ha decretado que se castigará a los
traidores, a los aristócratas y a los de arriba. Por eso
estamos aquí, para interrogar. Veamos, María
Antonieta, responde.
La interpelada no se dignó mirar a su
interrogador y guardó un obstinado silencio. Ante la
insistencia de Santerre, la prisionera tomó de la mesa
un tercer volumen.
Santerre dio media vuelta. El brutal poder de
este hombre que mandaba sobre 80.000 hombres,
que sólo había necesitado un gesto para acallar la
voz del moribundo Luis XVI, se estrellaba contra la
dignidad de una pobre prisionera, cuya cabeza podía
hacer caer, pero a la que no podía doblegar.
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35 / Alexandre Dumas
—Y usted, Elisabeth —dijo a la otra mujer—.
Responda.
—No sé qué me pregunta, por tanto no puedo
responderle.
—¡Voto a tal!, ciudadana Capeto —dijo
Santerre impacientándose—. Está claro lo que digo:
ayer hubo una tentativa para liberarla y usted tiene
que conocer a los culpables.
—No tenemos ninguna comunicación, señor;
por tanto no podemos saber lo que se hace por o
contra nosotros.
—Está bien, veremos lo que dice tu sobrino.
Santerre se aproximó al lecho del delfín. María
Antonieta se levantó y le advirtió que el niño estaba
enfermo, pero siguió sin contestar a las preguntas del
municipal. Entonces éste despertó al niño y los
hombres rodearon el lecho y la reina hizo una seña a
su hija, que aprovechó el momento para deslizarse a
la habitación contigua, abrir una de las bocas de la
estufa, sacar la nota, quemarla, volver a la habitación
y tranquilizar a su madre con una mirada.
Entretanto, Santerre interrogaba al delfín que
aseguraba no haber oído nada en toda la noche por
estar durmiendo.
—Estos lobeznos están de acuerdo con la loba
—exclamó Santerre.
La Reina sonrió.
—La austriaca se ríe de nosotros. Bien, pues
ejecutemos en todo su rigor el decreto del
ayuntamiento. Levántate, Capeto.
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36 / Alexandre Dumas
—¿Qué va a hacer? —exclamó la reina—, ¿No
ve que mi hijo está enfermo, que tiene fiebre?
¿Quiere hacerle morir?
Santerre dijo que el delfín era el objetivo de
todos los conspiradores y ordenó que se llamara a
Tison, el encargado de los trabajos domésticos de la
prisión. Este era un hombre de unos cuarenta años,
de piel oscura, rostro rudo y salvaje, y cabellos
negros y crespos que le descendían hasta las cejas.
Tison contestó a las preguntas de Santerre y dijo
que la ropa de las prisioneras la lavaba su hija y que
él la examinaba con cuidado; prueba de ello era que
el día anterior había encontrado un pañuelo con dos
nudos que había entregado al Consejo.
La reina se estremeció al oír mencionar los dos
nudos hechos en un pañuelo, sus pupilas se dilataron
y cambió una mirada con su hermana.
—Tison —dijo Santerre—, tu hija es una
ciudadana cuyo patriotismo nadie pone en duda;
pero a partir de hoy no volverá a entrar en el
Temple.
—Entonces, ¿sólo podré ver a mi hija cuando yo
salga?
—Tú no saldrás.
—¡Que no saldré! Entonces presento mi
dimisión.
—Ciudadano, obedece las órdenes del
ayuntamiento y calla o lo pasarás mal. Quédate aquí
y observa lo que sucede. Te prevengo que se te
vigila. Y ahora, haz subir a tu mujer.
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37 / Alexandre Dumas
Tison obedeció sin replicar. Cuando llegó la
mujer, el municipal le ordenó registrar a las
prisioneras mientras ellos aguardaban en la
habitación de al lado. Los hombres salieron y cuatro
de ellos se quedaron junto a la puerta por si la reina
se resistía.
—Querida señora Tison —dijo la reina—,
crea...
Pero la mujer cortó sus palabras diciéndole que
ella era la causa de todos los males del pueblo.
El registro comenzó por la reina a la que se
encontró un pañuelo con tres nudos que parecía una
respuesta a aquél del que había hablado Tison, un
lápiz, un escapulario y lacre.
—¡Ah! —dijo la señora Tison—, ya lo sabía yo;
ya les había dicho a los municipales que escribía, ¡la
austriaca! El otro día encontré una gota de lacre en
la arandela del candelabro.
—¡Oh!, señora —dijo la reina—, enseñe sólo el
escapulario.
—¡Ah, sí, piedad para ti! ¿Es que se tiene
piedad conmigo?... Se me quita a mi hija.
Las otras dos mujeres no tenían encima nada
sospechoso. La señora Tison llamó a los municipales
y les entregó los objetos encontrados a la reina, que
pasaron de mano en mano y motivaron infinitas
conjeturas; sobre todo el pañuelo con los tres nudos,
que desató la imaginación de los perseguidores de la
familia real.
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38 / Alexandre Dumas
—Ahora te leeremos el decreto de la
Convención que ordena separarte de tu hijo. La
Convención está demasiado preocupada con un niño
cuyo cuidado le ha confiado la nación, para dejarlo
en compañía de una madre tan depravada como tú.
Los ojos de la reina lanzaron chispas.
—Pero, ¡formulad una acusación al menos,
tigres!
Entonces, uno de los municipales lanzó contra
la reina una acusación infame, como la de Suetonio
contra Agripina.
—¡Oh! —exclamó la reina—. Apelo al corazón
de todas las madres.
—Vamos, vamos; eso está muy bien, pero
llevamos aquí dos horas y no podemos perder toda la
jornada; Capeto, levántate y síguenos.
—¡Jamás! —exclamó la reina, lanzándose entre
los municipales y el joven Luis, aprestándose a
proteger el lecho como una tigresa su cubil—; jamás
dejaré que se me arrebate a mi hijo.
La hermana de la reina suplicó piedad a los
hombres y Santerre les exigió que hablaran, que
dijeran los nombres y el proyecto de sus cómplices,
así como el significado de los nudos hechos en el
pañuelo; sólo en ese caso se les dejaría al niño.
Una mirada de Elisabeth pareció suplicar a la
reina que hiciera el terrible sacrificio; pero ella,
enjugándose una lágrima, dijo:
—Adiós, hijo mío. No olvidéis nunca a vuestro
padre, que está en el cielo, ya vuestra madre, que
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39 / Alexandre Dumas
muy pronto se reunirá con él. —Le dio un último
beso, e irguiéndose, fría e inflexible, continuó:— Yo
no sé nada, señores; hagan lo que quieran.
Cuando se llevaron al niño, cuyas lágrimas
corrían y le tendía los brazos, la reina cayó
anonadada en una silla, pero no lanzó un solo grito.
Al cerrarse la puerta tras los municipales, las
tres mujeres guardaron un silencio desesperado, roto
solamente por algunos sollozos. La reina fue la
primera en romperlo para preguntar a su hija por la
nota, y al saber que ésta la había quemado sin leerla,
dijo:
—Pero, al menos, habréis visto la letra.
—Sí, madre; un momento.
La reina se levantó, miró a la puerta para saber
si eran observadas, cogió una horquilla, se aproximó
a la pared, sacó de una grieta un papelito doblado y
se lo enseñó a su hija, preguntándole si la letra era la
misma.
—Sí, madre —exclamó la princesa—; ¡la
reconozco!
—¡Alabado sea Dios! —exclamó la reina con
fervor, cayendo de rodillas—. Si ha podido escribir
esta mañana es que está a salvo. Gracias, Dios mío;
un amigo tan noble, bien merece tus milagros.
La princesa preguntó a su madre de quién
hablaba, para poder encomendarle a Dios en sus
oraciones.
—Sí, hija mía, tenéis razón; no olvidéis jamás
este nombre, porque es el de un gentilhombre lleno
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40 / Alexandre Dumas
de honor y bravura; no se sacrifica por ambición,
porque sólo ha aparecido en los días de desgracia.
Nunca ha visto a la reina de Francia, o mejor dicho,
la reina de Francia nunca le ha visto a él; sin
embargo, se juega la vida por defenderla. Quizá sea
recompensado con el premio que se otorga hoya
cualquier virtud, con una muerte horrible... Pero..., si
muere..., allá arriba le daré las gracias... Se llama...
La reina miró con inquietud a su alrededor y
bajó la voz:
—Es el caballero de Maison-Rouge... ¡Rogad
por él!
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41 / Alexandre Dumas
IV
JURAMENTO DE JUGADOR
GENEVIÈVE
LA CENA
La tentativa de liberación había excitado la
cólera de unos y el interés de otros. Por otra parte,
este acontecimiento lo corroboraba la multitud de
emigrados que, desde hacía tres semanas, habían
vuelto a entrar en Francia por diferentes puntos de la
frontera. Era evidente que todas las personas que
arriesgaban así su cabeza no lo hacían sin un
objetivo, y éste, según todas las probabilidades, era
la liberación de la familia real.
A propuesta de Osselin, se había promulgado un
decreto condenando a muerte a todo emigrado
convicto de haber re gresado a Francia, así como a
todo ciudadano que le hubiera dado ayuda o, asilo.
Esta ley inauguraba el terror. Sólo faltaba la ley
sobre los sospechosos.
El caballero de Maison -Rouge era un enemigo
demasiado activo y audaz para que su vuelta a París
y su aparición en el Temple no acarreasen las más
drásticas medidas. Se realizaron registros más
severos que nunca en multitud de casas sospechosas,
pero el único resultado que dieron fue el
descubrimiento de algunas emigradas que se dejaron
prender y de algunos viejos que no se molestaron en
disputar a los verdugos los pocos días que les
quedaban de vida.
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42 / Alexandre Dumas
Las secciones estuvieron muy ocupadas y el
secretario de la de Lepelletier tuvo poco tiempo para
pensar en la des conocida. Al principio había
intentado olvidar, pero, como decía su amigo Lorin:
Soñando que es necesario olvidar,
Se recuerda.
Maurice no había dicho nada a su amigo, y
había guardado en su corazón los detalles de la
aventura ignorados por éste; sin embargo, Lorin, que
conocía su naturaleza alegre y expansiva, al verle
meditabundo y solitario, sospechaba que Cupido
andaba por medio.
Entretanto, el caballero no había sido capturado
y ya no se hablaba de él. La reina lloraba junto a su
hija y su hermana. El joven delfín, en manos del
zapatero Simon, comenzaba el martirio que en dos
años le llevaría junto a sus padres. Transcurría un
momento de calma. El volcán montañés reposaba
antes de devorar a los girondinos.
Maurice sentía el peso de esta calma como se
siente la pesadez de la atmósfera en tiempo de
tormenta. La holganza le entregaba al ardor de un
sentimiento que, si no era el amor, se le parecía
mucho y decidió, pese al juramento que había hecho,
ensayar una última tentativa.
Había madurado mucho una idea: ir a la sección
del Jardín des Plantes y pedir informes al secretario.
Pero le contuvo el temor de que su bella desconocida
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43 / Alexandre Dumas
estuviera mezclada en alguna intriga política y una
indiscreción suya pudiera hacer rodar su cabeza por
el cadalso.
Entonces decidió intentar la aventura solo y sin
ningún informe.
Su plan era muy simple: las listas colocadas en
cada puerta le proporcionarían los primeros indicios,
y los interrogatorios a los porteros terminarían de
aclarar el misterio.
Aunque desconocía el nombre de la joven,
pensaba que estaría en consonancia con su aspecto y
pensaba deducirlo por analogía.
Se puso una casaca de paño oscuro y basto, se
caló el gorro rojo de los grandes días y partió para su
exploración sin advertir a nadie. Llevaba en la mano
un garrote nudoso, y en el bolsillo su credencial de
secretario de la sección Lepelletier.
Recorrió la calle Saint-Victor y la Vieille-Saint-
Jacques, leyendo todos los nombres escritos en el
entrepaño de cada puerta. Se encontraba en la
centésima casa, sin la menor pista de su
desconocida, cuando un zapatero, viendo la
impaciencia pintada en su rostro, abrió su puerta,
salió y mirándole por encima de las gafas le
preguntó si quería algún informe sobre los inquilinos
de la casa, estaba dispuesto a contestarle y conocía a
todo el mundo en el barrio. Maurice le dijo que
buscaba a un amigo curtidor llamado René.
—En ese caso —dijo un burgués que acababa
de detenerse allí y que miraba a Maurice con cierta
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44 / Alexandre Dumas
sencillez, no exenta de desconfianza—, lo mejor es
dirigirse al patrón.
El zapatero corroboró las palabras del burgués,
que se llamaba Dixmer y era director de una
curtiduría con más de cincuenta obreros y, por tanto,
podría informar a Maurice; éste se volvió al burgués,
que era un hombre alto, de rostro plácido y llevaba
un traje de una riqueza que denunciaba al industrial
opulento.
El burgués le dijo que era necesario saber el
apellido del amigo que buscaba, y Maurice aseguró
que no lo sabía.
—¡Cómo! —dijo el burgués, con upa sonrisa en
la que se transparentaba más ironía de la que quería
dejar traslucir—. En ese caso es probable que no le
encuentres.
Y el burgués, saludando graciosamente a
Maurice, avanzó algunos pasos y entró en una casa
de la antigua calle Saint-Jacques. El zapatero insistió
en el mismo argumento que el burgués y volvió a su
cuchitril.
Sólo quedaban algunos minutos de claridad
diurna y Maurice los aprovechó para meterse por el
primer callejón y enseguida por otro; allí examinó
cada puerta, exploró cada rincón, miró por encima
de cada valla, se alzó sobre cada muro, echó una
ojeada al interior de cada reja, por el agujero de cada
cerradura, llamó en algunos almacenes desiertos sin
obtener respuesta, empleando más de dos horas en
esta búsqueda inútil.
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45 / Alexandre Dumas
Sonaron las nueve. Era noche cerrada: no se oía
ningún ruido. De pronto, al volver una calle
estrecha, vio brillar una luz y se internó por la
sombría calleja, sin advertir la repentina
desaparición tras una pared, de una cabeza que no le
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